Epstein creó su propia “mezquita” y decoró con objetos sagrados del Islam
Un conjunto de tapices bordados con versículos del Corán ha sido enviado desde la Kaaba en La Meca, el santuario más sagrado del Islam, a la isla privada de Jeffrey Epstein. Estos tapices, junto con una cúpula dorada de metal que replica la arquitectura siria, llegaron desde Uzbekistán y forman parte del misterioso interés de Epstein por el arte islámico.
Epstein, quien acumuló un notable repertorio de conexiones en el Medio Oriente, buscó adquirir obras de arte para embellecer su isla privada, al mismo tiempo que establecía vínculos con influyentes figuras políticas y financieras. Su relación con la corte real de Arabia Saudita le permitió reunir tapices que decoraban el interior de la Kaaba.
Una fotografía de 2014 lo muestra junto a Sultan Ahmed bin Sulayem, un prominente empresario emiratí, admirando uno de estos tapices en su residencia de Nueva York. La conexión de bin Sulayem con Epstein también dio lugar a su caída, ya que recientemente se vio obligado a dimitir de su cargo en una importante fluctuación de su carrera.
La revelación de los secretos de Epstein se ha hecho aún más notoria gracias a millones de documentos adicionales divulgados por el Departamento de Justicia en enero, que detallan sus ambiciones artísticas y su red de contactos. Los registros también arrojan luz sobre un enigmático edificio en su isla, descrito de diversas maneras, que Epstein consideraba una «mezquita».
El interés por el diseño islámico fue evidente desde sus declaraciones sobre poseer la alfombra persa más grande jamás vista en una residencia privada. Epstein comenzó a planear su santuario durante el tiempo que pasó en prisión tras declararse culpable de cargos de prostitución.
Originalmente, iba a crear un hammam, pero luego optó por una «sala de música». En sus comunicaciones, solicitó azulejos auténticos, buscando establecer un diseño que se asemejara a antiguas mezquitas del Medio Oriente.
Terje Rod-Larsen, un diplomático noruego, fue clave en la materialización de sus ambiciones. A través de Rod-Larsen, Epstein contactó a Raafat Al-Sabbagh, consultor de la corte real saudí, estableciendo una relación que facilitaría intentos de acercarse al príncipe heredero, Mohammed bin Salman.
Epstein incluso planificó una visita al reino, donde tuvo la oportunidad de reunirse con bin Salman, un encuentro que posteriormente dejó huellas en su búsqueda de influencia. Al mismo tiempo, su interés en conseguir artículos religiosos continuaba siendo un tema constante de intercambio de correos electrónicos.
A principios de 2017, Epstein recibió notificaciones sobre la llegada de varios artículos desde Arabia Saudita, incluyendo tres piezas asociadas directamente con la Kaaba. Documentos revelaron que uno de los tapices había sido «usado dentro de la Kaaba», mientras que otro había cubierto el exterior del santuario.
Las Kiswa, las cubiertas de la Kaaba, tienen un significado religioso profundo, y producen cada año a un costo de aproximadamente cinco millones de dólares, utilizando materiales preciosos. Tras su remoción, estas piezas pueden ser distribuidas o donadas, permitiendo a individuos o instituciones obtener fragmentos de este importante símbolo islámico.
A medida que se revelan detalles sobre sus ambiciones, queda claro que Epstein había tejido una compleja red de relaciones con un enfoque en el arte y la fama. Sin embargo, su situación se tornó precaria tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi y su consiguiente aislamiento del círculo real saudí.
En 2019, Epstein fue arrestado nuevamente por cargos relacionados con tráfico sexual, y su situación terminó de desmoronarse con su muerte en prisión poco tiempo después. La historia de su vida y conexiones con figuras influyentes resalta una complejidad que continúa generando interrogantes en el ámbito público.