Kevin Warsh presidió el 17 de junio su primera reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) como presidente de la Reserva Federal. Mantuvo la tasa en el rango de 3,50% a 3,75% —la misma que rige desde diciembre de 2025—, pero el resto del comunicado y la conferencia de prensa enviaron una señal más profunda: la Fed está reorientándose hacia un mandato antiinflacionario más rígido.

Warsh definió la nueva línea con una frase que ya circula como divisa: “Vengo diciendo hace años que la inflación es una elección. Y vaya si lo es”.

El mensaje no fue meramente retórico. Nueve de los 18 miembros del comité proyectan tasas por arriba del rango actual a fin de año, y seis de ellos contemplan dos subas adicionales de un cuarto de punto.

Es un giro completo respecto de la proyección de marzo, cuando ningún miembro anticipaba subas y la mediana esperaba un recorte. La inflación norteamericana, en su nivel más alto en tres años, terminó de inclinar la balanza. Tan llamativo como lo dicho fue lo no dicho. El propio Warsh se negó a someter su proyección al “dot plot”, alegando críticas al diseño del instrumento. L

La decisión es deliberada y revela un cambio de estilo: una Fed más callada, más humilde en su orientación al mercado y más focalizada en su objetivo central. Menos forward guidance, menos compromiso con sendas de tasas, más decisiones basadas en el dato del momento.

El presidente Donald Trump saluda al presidente argentino Javier Milei en la Casa Blanca, el 14 de octubre de 2025, en Washington. (Foto AP/Alex Brandon, Archivo)

Sumado a la decisión inusual de Jerome Powell de permanecer como gobernador después de dejar la presidencia de la Fed, el FOMC se vuelve más imprevisible y más sensible al dato real.

Hay además un subtexto político insoslayable. Donald Trump, quien lo nominó, viene pidiendo recortes de tasas desde hace meses.

La postura inicial de Warsh hawkish, antiinflacionaria, sin promesas de baja— es una afirmación implícita de independencia que el mercado leyó rápido: el dólar global se fortaleció, los rendimientos de los treasuries (bonos del Tesoro estadounidense) subieron, y la deuda emergente recibió presión vendedora.

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Para la Argentina, este escenario tiene impacto directo por tres vías. La primera son los bonos soberanos en dólares. Los Globales y Bonares se mueven, antes que nada, con la tasa libre de riesgo norteamericana; si la Fed sostiene tasas altas, la compresión de spread que muchos analistas proyectaban para este año queda postergada.

La segunda es el flujo de capitales hacia los mercados emergentes. Con tasas del 4,5% al 5% en Estados Unidos y baja perspectiva de recortes, el costo de oportunidad de invertir en países como la Argentina se mantiene alto, y los flujos se vuelven más selectivos.

Luis Caputo junto con la vicepresidenta del Banco Mundial, Susana Cordeiro Guerra. (Foto: X @LuisCaputoAR)

Luis Caputo junto con la vicepresidenta del Banco Mundial, Susana Cordeiro Guerra. (Foto: X @LuisCaputoAR)

La tercera es la presión cambiaria local. Un dólar global fuerte limita el margen del Banco Central para sostener la política monetaria sin generar tensiones en el mercado de cambios.

Hay una lectura más amplia. La asunción de Warsh marca, posiblemente, el final del ciclo de tasas bajas que dominó la última década en Estados Unidos. El mundo financiero que viene es el del dinero caro, los flujos selectivos y las ventanas cortas.

Para la Argentina, que necesita capital externo para sostener su proceso de normalización macroeconómica, eso significa una sola cosa: la disciplina interna importa más que nunca. Lo que afuera siempre se llamó fundamentals, acá se va a sentir como urgencia.